El juicio y un pequeño recuento de la guerra

lunes, 3 de marzo de 2008

Las mentiras de Martin Rivas y Fujimori sobre un destacamento que formó de una política de Estado bajo la mesa. La guerra de baja intensidad

El juicio al ex presidente de la República Alberto Fujimori por violaciones a los derechos humanos, forma uno de los capítulos más importantes de la historia reciente de nuestro país. Su peso y su repercusión son de suma importancia en una nación que tiende al olvido y juega a la ruleta rusa entre la democracia, la demagogia, la dictadura y la violencia de la cual derivó muerte y subdesarrollo por 20 años.

Si Alberto Fujimori, Montesinos y Martin Rivas se encuentran enjuiciados y tras las rejas no se debe a otro factor que al Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP-SL), organización dirigida por Abimael Guzmán Reynoso. Un grupo de poca monta que logró llevar a una guerra política que duraría dos décadas cobrando la vida de alrededor de 60 mil peruanos y mostrando el lado abominable y opresor no solo de los senderistas sino de aquellos agentes que se supone debían defender a la población, y la indiferencia de la sociedad civil en su conjunto que por muchos años vio al conflicto como algo lejano y ajeno a su realidad.

Es verdad que al Estado le costó mucho trabajo prepararse para enfrentar a un enemigo atípico a su experiencia, e inclusive una situación esquiva a la de otros países de la región que tuvieron fuertes movimientos guerrilleros como Argentina o Uruguay; Sendero demostró ser un fenómeno único en América Latina. Esta fue una de las razones por las cuales las fuerzas armadas y policiales cayeron en numerosas arbitrariedades.

Sucesos como la matanza de los penales, la masacre por parte de las fuerzas armadas en la comunidad de Cayara, en el primer gobierno de Alan García abrieron la duda si es que el Estado estaba dirigiendo correctamente la defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, este es un problema que se arrastró desde el gobierno de Fernando Belaunde (1980-1985) no al permitir el ingreso de las FFAA a Ayacucho, el error fue nombrar al jefe político-militar; esto fue una derrota de la democracia pues el Estado se mostraba débil y encargaba la lucha que políticos debieron hacer frente contra Sendero a las autoridades militares.

Esto, como era obvio llevó a un nivel de arbitrariedad y, como declaró alguna vez el periodista Gustavo Gorriti creo pequeñas dictaduras, no solo las zonas dominadas por el PCP-SL sino también aquellas áreas donde actuaban los comandos políticos militares. Por tal razón, para cuando Alberto Fujimori llegó a la presidencia el Perú se encontraba sumido en pequeñas dictaduras. Era solo cuestión de tiempo para que esta situación tomara un matiz institucional.

Dado que Sendero planteó desde el comienzo una guerra política llena de mensajes usando el terrorismo para lograr sus fines de carácter político, el Estado tenía que responder de manera política usando para ello, entre otras medidas, acciones militares. En este contexto, en los distintos estamentos castrenses se van planteando las posibilidades de llevar a cabo lo que se llamaría “guerra de baja intensidad” donde el área de inteligencia cumpliría un papel fundamental para derrotar estructuralmente al PCP-SL que ya desde el año 88 había sufrido duros golpes a sus organizaciones de base en Lima y en el interior de país.

Con Fujimori y Montesinos esta idea se hizo una política de Estado por debajo de la mesa y es así como surge el destacamento “Colina” liderado por el mayor Santiago Enrique Martin Rivas y otros agentes de inteligencia del ejército quienes llevarían a cabo los crímenes de Barrios Altos y la Cantuta.

El primero, porque se había detectado que desde hacía algunos años el PCP-SL había incursionado en las organizaciones barriales realizando actividades (como polladas) para sacar fondos para sus militantes en el interior del país.

El segundo, en respuesta al atentado de Tarata realizado por el PCP-SL en Lima. En dicha universidad, según creía la gente de Colina, se encontraba muchos de los que llevaron acabo el atentado.

Lo que viene después es historia conocida: El descubrimiento de estos crímenes por parte de la prensa, la identificación de Martin Rivas y su gente, el encarcelamiento de los miembros del Grupo Colina, la ley de Amnistía, la caída de Fujimori y Montesinos, los nuevos arrestos a los integrantes del destacamento, la CVR, la extradición y el juicio a Alberto Fujimori.

Ahora, resulta que el ex presidente nunca supo nada de ningún clandestino de operaciones especiales dentro del ejército. Y ahora se ha olvidado cuando en año de la violencia se ufanaba de saber todo sobre las medidas que se tomaban para combatir a la violencia. Y un Enrique, con cariño “Kike” Martin Rivas desmintiendo una entrevista en la que reconoce que las fuerzas armadas, con el conocimiento y autorización del entonces presidente se planeó combatir a Sendero usando de por medio asesinatos extrajudiciales, la aniquilación selectiva, una guerra de baja intensidad copiada del modelo norteamericano y adaptada al contexto nacional de entonces para destruir a la organización política del PCP-SL.

Sin embargo, todos esperamos (salvo los fujimoristas) que la verdad, que ciertamente está a la luz, se confirme y los culpables por estos crímenes sean sancionados como es debido, de no ser así esto afectaría la salud e imagen del país. Que el juicio salga airoso demostraría la voluntad del Perú de entrar a un proceso democrático en dar prioridad a los derechos humanos y dejar de lado la política, que ciertamente este proceso tiene un trasfondo político.

Y por último es un acto de reconocimiento que el Estado y la sociedad civil como deudos a esas personas que murieron en medio de la vorágine del agresor y de supuesto defensor que corrompió. No olvidemos que tenemos una deuda con ellos. Esperemos que alguna vez sujetos como Martin Rivas o Fujimori se den cuenta que tienen una deuda con las víctimas, el país y por último con sus propias conciencias.

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