Invocando su nombre (acerca del nacionalismo)

miércoles, 8 de diciembre de 2010


Sobre la marcha

Para muchas personas, la idea del nacionalismo, del orgullo patrio, del rescate de la cultura e identidad nacional resultan ideas arcaicas, decadentes en contraste con el proceso de la globalización que hoy por hoy pretende hacernos creer en una “Aldea Global” sin fronteras, consolidados bajo unos valores uniformes, importados de las estanterías de compras norteamericanas.

La abominación llamada “pluralismo” y sus consecuencias

No se puede negar que el mundo actual sufre el embate del “pluralismo” que trata de hacernos iguales a todos, de hacernos semejantes, aquél que nos dice que este tiempo no se puede concebir sin la unidad de todas las naciones, dejados atrás sus rasgos sociales, culturales y productivos originarios.

La cultura promovida desde y por la globalización (la judeización cultural; ejemplo claro, la seudo cultura “nigger”) es el peor enemigo de la identidad de los pueblos del presente. Vemos como los países desarrollados de occidente han perdido todo sentido de identidad, de pertenencia, llevados por un falso sentimiento global (no ser español o francés, sino “europeo”) que se muestra como un rasgo característico de su desarrollo económico y de la decadencia de sus sociedades. Incluso Oriente se ha visto contaminado con el germen “pluralista”. Ya no sorprende ver al Japón convertido en una urbe occidental, donde sus jóvenes se sienten más occidentales (valores, costumbres, modos y usos) que nipones propiamente dicho. Los países árabes siguen la misma senda aunque de manera más pausada y a veces con ciertas discrepancias.

La identidad nacional de estos países ha sido destruida, carcomida, donde cualquier reposo de lo que se llama tan sosamente “nacionalismo” es sinónimo de retrógrado, de incapacidad mental. Pero ¿en verdad el “nacionalismo” es una cosa del pasado, arcaica, impracticable en la sociedad globalizada?


La identidad nacional en América Latina

La cultura imperante, el mainstream intelectual dirán que ya no es necesario. Sin embargo, yo digo todo lo contrario, si es necesario, es una condición imprescindible, sobre todo en países cuyas identidades aún buscan cuajarse en sus sociedades. Ejemplo claro para de son la mayoría de países de Latinoamérica.

La historia de esta parte del mundo se ha caracterizado por los constantes, casi interminables conflictos sociales que dividen y siguen dividiendo a dichas naciones. Quizás, uno de los factores que explican esto es la gran confluencia de grupos sociales diversos entre si, por costumbres, modos de producción, historia, entre otros, donde los intereses de las ciudades ansiosas por occidentalizarse chocan frontalmente con las comunidades y pueblos nativos que luchan por mantener su identidad y tradición intacta, sin filtración de la “decadencia occidental”.

Las sociedades latinoamericanas no son decadentes como la europea, estado unidense o japonesa, son caóticas por su diversidad, unas veces aberrante, en otras, desesperante. Nadie puede negar que en sociedades donde hay menos grupos sociales hay menos conflictos de dicha índole. Basta con mirar países como Chile, Argentina o Uruguay, social y culturalmente cohesionadas en una visión e identidad común, identificable para la gran mayoría de sus habitantes.

Caso contrario sucede en países como México, Centro América, Ecuador, Bolivia y Perú, donde el componente social hace una mixtura de intereses tan variados que, en muchas ocasiones, parecieran existir un sin número de naciones dentro de un territorio “soberano” generando convulsiones, revueltas, inestabilidad y demás.


Buscando el hilo unificador

Sin embargo, cuán injusto resulta decir que esto es así. Diera la impresión de describir un ataque contra esa sociedad urbana deseosa por formar parte del club del desarrollo globalizado. Todo lo contrario. Es precisamente ese componente social la semilla que necesitan países como el mío, Perú, para formar una identidad, una cultura nacional.

El Perú, por ejemplo, se funde en tres tipos de personas: El indio, el blanco y el mestizo (así la mayoría de países latinoamericanos) quienes son la base ideológica, social, mental, productiva y política del país. Cada cual con diversas cosmovisiones. A pesar de ello, hay un pasado común, una tradición que se encuentra en los genes de los nacionales.

La formación del nacionalismo se centraría en la idea de una nación unificada, orgullosa de su pasado, con un sentido de pertenencia, con la voluntad y la fortaleza que la globalización se ha encargado de aniquilar, de desprestigiar. Solo la unión en base a objetivos particulares, identificables para los nacionales, puede llevar a una sociedad al verdadero progreso, hacia la fuerza, hacia la supremacía, aquella que permite salir airosa de las crisis que los sistemas político-económicos siempre presentan. Esto permitiría cambiar la idiosincrasia de las personas, donde sociedades pasivas, ociosas, desidiosas, corruptas, reemplazarían dichas taras por la eficiencia y el compromiso que un pueblo demanda de sus habitantes.

El carácter del nacionalismo

Este proyecto de nación no es de características inclusivas, todo lo contrario, es “exclusivo”, entendido como algo hecho para tales o cuales grupos, no así de apartar a aquellas que no encajen en los moldes delineados. En tal sentido, aquellos que no estén dentro del perfil arriba descrito tendrán la obligación de amoldarse a la nueva idea de nación si desean ser parte de un todo y no una deteriorada minoría.

De este modo, el nacionalismo no es un retroceso, es un intento de autopreservación, de consolidación, de superación; sus enemigos mortales son el capitalismo neoliberal y el comunismo, así como las tendencias de izquierda burguesa.


Ambos sistemas no son solo abogados y gendarmes del pluralismo asfixiante, sino también, ideologías anti humanas que buscan la igualdad entre los seres humanos negando así la naturaleza del hombre siempre proclive a segmentarse, a crear jerarquías, a generar divisiones

Deslindando con el engaño

Muy en boga se ha puesto hablar de “nacionalismos de izquierda”; nada más incongruente, nada más anómalo; los casos más resaltantes los podemos ver en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Perú, donde se habla banalmente del nacionalismo como un componente meramente redistributivo, meramente coyuntural, nada a futuro, nada a perdurar. Y eso es porque las ideas de izquierda, por concepción, son de por si internacionalistas, en desmedro del interés nacional.

El nacionalismo recoge y se mezcla con la tradición europea que se riega por América Latina; la cultura, tradición indígena que nutre la tierra; y el empuje del mestizo como muestra de la unión de las dos primeras, no se decanta en hablar de una raza superior, ni de un pueblo escogido, se sustenta en el orgullo de un pasado común, un presente de cambios y un futuro superior.

Nacionalismo = Movimiento

Queda claro que para que esto se lleve a cabo el nacionalismo deberá estar enmarcado no solo en un movimiento social, sino también político, el cual deberá ser dirigido por aquellos que en verdad entiendan lo planteado, con la voluntad de llevarlo a cabo sin pensar como recurrentemente ocurre en beneficiarse así mismos o a un reducido grupo-sector social. Esto va más allá, porque representa la formación de un país hoy sin rumbo, donde los demás Estados nos aplauden por la buena economía y sin embargo nos siguen mirando con desprecio, con desdén por ser una cultura atrasada, una sociedad maleable, sin sentimiento, sin tradición (a pesar que existe y es sumamente rica), sin un valor nacional.

…..Breve anotación….

Este es, probablemente, el primer post publicado en “Manifiesto Bizantino” relacionado a las ideas personales del redactor respecto al “nacionalismo”, lo cual presume habrá otros más deslindando sobre diversos tópicos tales como el de las minorías, la religión, sexo, la democracia, el comunismo, la izquierda, la dictadura, entre otras.

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