El rostro del invierno

jueves, 19 de agosto de 2010

El cobijo del abrigo

Las mañanas nublosas, con garúa siempre han sido y serán mis preferidas. Aquellas que tienen esa extraña capacidad de atraerme hacia rasgos melancólicos, depresivos, extremos, sulfurosos.

Quizás por convicción, quizás porque el invierno limeño sea de los más atmosféricos, tétricos y sobrecogedores que puedan haber. Es probable que sea el más crudo, extremo, ni húmedo; pero si entre los más sombríos, de aquellos que parecen tener la magia de cambiarle el semblante a las personas, de hacerlos más íntimos consigo mismos, adoptando una aparente vulnerabilidad y fragilidad como pocas veces he podido notar.

Nacer bajo las tardes frías de junio

Recuerdo haber nacido en una tarde de junio del 85. Lo más probable es que mi alumbramiento haya sucedido en un día frío y, por alguna razón que no logro comprender, estoy seguro que ese mes, esa hora y ese frío taciturno moldearon mi ser ni bien hube salido del útero de mi madre; cálido y tierno, hacia la pasmosa luz cegadora del mundo, mezclada con las luces falsas de una sala de parto de un hospital del Estado.

La pálida ciudad
Esta vez, y no como en otras ocasiones, esta cutre ciudad se remece de calambres, hartos dolores, mucho frío. La nieve aquí no cae pues yace a orillas de la costa, pero su humedad fornica con lo extremo, con su gente y se condensa con sus brechas, con sus mentes. Por eso, esta es la estación que define a las personalidades extremas, radicales, bizarras, extrañas, indeseables; solo basta mirar como hasta el color de los edificios residenciales, las casas estridentes de los barrios populares son invadidas por una mórbida esencia grisácea que las palidece, que las oscurece, que las sepulta con su halo de misterio, de sombras y de decadencia; como si reluciera la verdadera naturaleza de este mundo artificial.

La crudeza estúpida

El invierno sobrecoge, cobija, crudece, golpea con la ventisca, entumece, tulle toda débil esperanza o entidad que se digne siquiera desafiarla pues, es un dios tan solo por unos meses, al que muchos lo alaban, aman; otros, en cambio le desaíran. Y yo, aquí heme sentado a la postre de un ordenador, sintiendo el crujir de ms huesos, viendo como las personas palidecen en su andar, en sus maneras de hablar, de expresarse, de follar, dejan de intimar, se abstraen, se desvirtúan, se pierden en sus pequeños disparates que siempre se empeñan en creer que son los más grandes.

La fría indiferencia

Los medios anuncian que las heladas aún no cesarán, la gente teme, clama, y cómo no hacerlo si al meridiano muchos cientos de pobres han muerto sin que los llamados “grandes” y el resto de los mortales siquiera se enterase, sin que siquiera les importase; claro, es porque estos muertos no son claros, blancos, mestizos, tampoco adinerados, mucho menos acomodados; tampoco personas de una importante orbe. Pues NO. Ellos no importan. ¿Cuándo importaron? Creo que NUNCA, pues ellos son aquellos que las tapas de los libros de historia aplastaron sin piedad, borrándolos, inclusive, de las notas al pie de página. A nadie les interesan. Todos miran, pero a todos les rebota. Indecencia que se acrescenta con la llegada del crudo invierno limeño, ese que llega cada año sin falta (a veces con cierta demora) y cuyo encono desciende sobre esos “NN” allá tan lejos de acá. Como si de otro mundo se tratara.

Una luz sobre la niebla

Hoy puedo entender que mi ser noctámbulo, taciturno, meditativo, radical, extremo, nunca complaciente, insatisfecho; donde el exceso de luz, como dijera el NS de Vsarg, me ciega nublando la claridad de mis ideas fue influenciado por esta estación tan hermosa a la cual venero.

De este modo, recuerdo que fue en invierno cuando comencé a involucrarme en las ideas zurdas; recuerdo que fue a comienzos de un invierno que me introduje a ese culto malsano llamado Black Metal; recuerdo que escindí de los denigrantes pensamientos zurdos en otro invierno; recuerdo que fue en invierno cuando me convertí en un “libre pensador extremo”; recuerdo que los inviernos siempre estuvieron allí, coincidentemente, en mis giros más viscerales y radicales.

La sarcástica mofa

Los simples mortales creerían que el invierno y sus fantasmas no tienen sentido del humor, y puede que sea cierto, pero ahora, cuando parece ser uno de los más crudos que se hayan sentido desde hacía tanto tiempo muestra a los mundanos una risa tan sórdida como nefasta.

El invierno conoce la naturaleza maleable del ser humano y, cansado de solo mirar y dejar los vientos pasar, de cuando en cuando atrae al sol, lo enamora, le hace sentir importante, abre las grises nubes y le deja brillar. La felicidad del astro es sin igual, así como el de la gente abajo en la ciudad. San Isidro, Breña, Miraflores, el Centro de Lima, miran anonadados: “¡Qué clima para más loco!” dice el que menos. La colorida felicidad parece regresar.

Mas las ilusiones con el tiempo mueren. Lo mismo sucede con el sol y sus esperanzas sicodélicas. Ahora el invierno se mofa, sopla fuerte, estremece a los limeños desabrigados haciéndoles recordar que es él quien domina ahora los tiempos. La resignación se convierte en un trago amargo.

La noche desidiosa

Y cae la noche. Lima se tiñe de un negro amarillento por las luces de los faroles; algunos vapores ascienden desde bocas humanas, el ruido de los cláxones amaina, nadie parece tener la aplastante prisa matinal, solo se trasluce el cansancio, el aburrimiento, el desgano, el deseo que el infeliz que ocupa el asiento del colectivo baje del bus para que, en solo segundos, cinco o mas individuos se abalancen hambrientos a sabiendas que el viaje de retorno a sus hogares aún falta, por lo menos, una hora y media de recorrido.

El amanecer quejumbroso

Hoy, la mañana palidecía, inhóspita, con un leve olor a humedad rampante, una garúa que dejaba huella a medio mojar sobre cuanto se pueda tocar. Por las calles todos andan abrigados, con los labios en posición sinuosa dispuestos a tiritar. Una nostalgia que lo invade todo, se cuela en las paredes, en los semáforos, en los autos atiborrados de seres que pasan presurosos, en los rostros de las gentes, todos parcos, monocromos; como si de una maldición se tratase. ¡Los odio!

La ciudad a través de un falso cristal

Ya no es novedad estar dentro esas sardineras que transportan a la gente en la insufrible Lima. Mirar la ciudad desde un asiento de bus es una escena tan habitual que hasta me parece inherente, no fundamental. Mirar la ciudad a través de unos vidrios empañados en este invierno para muchos es la representación de todo lo que ellos no aceptan. Así, un mendigo luce más mendigo y miserable; un policía se ve más gordo y despreciable; una puta se ve más chusca y en otras deseable; un niño se distingue como un demonio y en otras la sublime manifestación de la inocencia. Ver el mundo desde un asiento frío, viejo y malgastado de bus me hace sentir menos natural y al mismo tiempo siento que me conecto mucho más.

Y no saber más, tan solo la certeza que la vida es rara, compleja, llena de belleza, una completa mierda, una intrínseca dualidad; así, reconozco que el invierno, el crudo y húmedo frío es parte de mi naturaleza, el molde de buena parte de lo que soy.

Y sigo mirando; impasible, inestimable, insoslayable, imperturbable, inquietante.

El Invierno es mi eterna estación.

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