La Chanfainita más grande del mundo

domingo, 21 de febrero de 2010

Bofe para la Chanfaina

Caminar por las calles de Lima siempre me genera nuevas experiencias, esta ciudad es tan variada, llena de matices, contrastes y oposiciones que es imposible escapar a sus reflejos tan expuestos.

Para el que vive en esta ciudad, no es nada del otro mundo ver esa asimetría arquitectónica de edificios grandes al lado de casas pequeñas o edificios sofisticados al lado de recintos coloniales o de porte neoclásico. Esa es Lima. La Chanfainita más grande del mundo.

El paisaje urbano de la Lima que yo conozco siempre se ha mostrado pituco, occidentalizado, por un lado; en el otro extremo de un chicherismo, de colores neón, de la exacerbación de lo estrambótico. Esa es la celebración de la mezcla de culturas del Perú condensadas todas en la gran ciudad a orillas del Pacífico y del río Hablador.

Más esa es solo una de las caras de la tradicional cucufatería nacional.

¡Horrible, Oye!

Lo que todos niegan en la capital es la cara fea, aquella que se encargan de esconder, de olvidar en la típica desidia criolla tan propia del limeño de antaño plasmada en todo tipo de banalidades (solo baste hacer memoria de la insensibilidad de la mayoría de los peruanos ante el conflicto desatado por Sendero Luminoso en los años 80 y que durara hasta bien entrado los años 2000)

Aproximadamente una semana y media atrás me dirigía hacia mi trabajo en San Isidro (distrito tradicionalmente burgués) Una cuadra y media antes de llegar a mi centro laboral crucé un pequeño jardincillo donde había una persona mayor de edad, un anciano podando el césped. Eso me pareció curioso porque jamás vi a un adulto mayor realizando dichos menesteres.

Pronto, me encontraba más cerca de cruzarme con el anciano cuando noto que este era muy pequeño, extrañamente pequeño, porque era corbo, una menuda joroba se asomaba en la parte superior de su espalda rozando la nuca. Acto seguido, vi al hombre cargar una podadora, muy pesada como para que aquél anciano la cargase. Pero lo hizo. Aún así, se notaba sin mucha suspicacia que aquello era algo que le producía mucho esfuerzo, probablemente mucho dolor.

Fue entonces cuando pasé al lado de él. Nuevamente había retomado la poda.

La Mierda

No lo niego, me sentí una “mierda”. Me pregunté ¿Por qué este hombre está haciendo esto cuando debería estar en su casa descansando? ¿Por qué la sociedad permite esto? ¿Por qué el sistema carece de compasión ante esta realidad?

No supe y no se qué contestarme ¿Acaso tu me puedes dar la respuesta?

Sin embargo, no se quién es más mierda. Si yo que escribo estas líneas con mucha carga de conciencia o aquél sujeto bien a la tela que miraba al anciano cargar dicho objeto pesado con una nefasta y consciente indiferencia. A eso tampoco me puedo dar una respuesta.

Tampoco puedo olvidar aquella mañana del año pasado, quizás por agosto o setiembre, cuando yendo, nuevamente, hacia mi trabajo vi a una mujer, vestida en atuendos típicos de la gente del ande, sin zapatos, si, el estereotipo de burla de la Lima blanca, mestiza y criolla. Si, una persona, también anciana con un pañuelo rojo, algo sucio, mendigando limpiarle la luna a algunos carros último modelo que transitaban entre Prescott y Salaverry. Aquella vez, como la última me sentí mal, culpable, miserable, me deprimí, asco hacia mi persona, sentir que mis problemas cotidianos, importantes para mí, en realidad no son nada en comparación a las realidades de estas dos personas.

Menudeces burguesas

Miro, escucho a las personas que me rodean, contar sus problemas, preocupaciones, sus menudeces, me parece tan insignificante cuando hay personas que tienen realidades extremas, al límite, llena de carencias, necesidades y conflictos.


No trato de santificar y victimizar a nadie, eso no serviría de nada, aquello es solo un lavado de conciencia poco eficaz, muy egoísta, un lavado de culpas.

¿Un anhelo?

Si algo quiero lograr con este breve post es hacer que la gente que lo lea no tome conciencia, sino que se ponga a meditar sobre esta situación y sopese sus problemas, sus ahogos en vasos de agua en comparación a la posible realidad de estas dos personas, o a cualquiera que les haga sentir una sensación similar a la mía y dejen de lado esa indiferencia y desidia burguesa tan característica de la sociedad limeña actual.

Por último, solo me basta de decir que yo soy igual de culpable que todos los indiferentes ante la realidad consumidos por las banalidades egoístas cargadas de hedonismo barato. Lo que nos diferencia es que yo aprendí a ver más allá de los límites de mi espacio íntimo, generando cierto tipo de conciencia. Eso ya es un paso.


En tanto ellos, NO.


ETERNOS HAILS!!!!!!!

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