Bizarro vacío de noche decembrina

domingo, 12 de diciembre de 2010


Noche que te quedas muda, la penumbra se abre paso ahora que los televisores impiden la presencia del silencio, las luces en la calle que hacen inertes conexiones con las personas, los carros que transitan sin novedad, las personas que caminan sin humanidad.

Hoy es una noche vacía, no, no lo es, diría que esta la luna puesta y que hoy me abandonó a sus ansias, quizás para irse a vislumbrar espíritu ajeno a este que es el mío. Estoy sentado, escribiendo, mientras una eterna canción de Roberta Flack recorre mis oídos, penetra mi cerebro, se expande por mi cuerpo haciéndolo congojar. Esta noche se cae, así como cae la animosidad de mi esencia en una profunda y constante melancolía.

“Asesíname suavemente” repite el coro de manera armoniosa, inconsciente, ensoñadora, deslumbrante, poco quejumbrosa, si, con esa carencia de desazón que ahora me abarca sin querer evitarme. La luz de mi ordenador, el resplandor del Word me nubla la visión, mis ojos los hace fastidiar, no se por qué sucede esto, se supone que ya debería estar acostumbrado a tal sensación.

Hoy es de esas noches que, antes de posar mi culo aquí, daba vueltas en mi cama, aburrido, innecesario, tratando de conciliar un sueño forzoso, seco, perezoso, el cual viene de momentos, engañoso, prometiéndome olvidar la frigidez de mi censura, la tenue vitalidad de mis ojos, para que a los pocos momentos, como una calentada sin comienzo ni culminación te sintieras tan despierto como a pleno mediodía; es entonces cuando te das cuenta que el subconsciente, en estas ocasiones, no es sino que el más perro de los compañeros.

No puedo decir que odie mis decaimientos, mis depresiones ni mucho menos las demencias destructivas que siempre emula mi pensar; es tan solo que esta sensación es distinta a todo ello. Es un vacío de ansiedad, sus paredes se encuentran embadurnadas con la insatisfacción de algo, de alguien (sobre todo esto último) el hecho de saber que eres impotente, que no puedes decirle a nadie qué sientes, que no puedes expresar algo a tal punto que todo se quede varado en medio de tu garganta sin poder emerger hacia fuera, sin poder regresar. Cuando todos te miran, te leen, te comentan, mas no te observan, cuando eres un punto más, cuando necesitas con mayor tesón ser observador a ver si alguien, por cosas del azar, por cosas que solo la vida puede explicar, se detiene a preguntarte “¿te sucede algo?” y nada más.

Acaba de empezar la madrugada de un domingo de diciembre de 2010, todo el mundo espera con ansias la Noche Buena, esa que dicen muchos en el que nació el redentor de los cristianos, así como el fin de este conjurado año, como siempre, todos piensan, pensamos, deseamos que el próximo sea mucho mejor, cuando no tenemos la certeza de ello, mas el espíritu humano es así de endeble, necesita sostenerse de algo que le de la fuerza para continuar, a pesar que muy en lo profundo de su corazón sepa que podría ser igual o peor, quizás ya no mejor que en años anteriores. Pero lo hacemos, y eso nos hace humanos. Y, sin embargo, ¿qué sucede cuando hasta esa esperanza innata se pierde?

Pues sucede esto, no la desesperanza, sino la incensación, la falta de emoción, la ansiedad de encontrar algo, un motor en el día a día que se hace tan difícil, tan pesado como si se tratase de Atlas mismo llevando al mundo entero sobre su espalda, nada lo alivia, todo lo pronuncia, la sonrisa no lo disipa, el simple respiro indiferente de los demás lo agranda sin más.

Lo contrario a la Anhedonia, no es el experimentar placer sino la búsqueda de dicha experiencia, aquella tan esquiva por todos los medios, cuando las caricias de una mujer ya no bastan, cuando el cuerpo te pide más, cuando la mente se vuelve exquisita en sus demandas, cuando los sentimientos se tornan al extremo complejos, a la exacerbación decorosos para el trato, para la demostración.

Se adentra la noche más en la espesura negra de la madrugada en tanto que mi ojos, un poco deseosos de dormir, otro poco inquietos por seguir hasta el final con esto, miran el televisor sin entender que dicen los comerciales de noticias; seguramente algo relacionado a la muerte, pues solo eso saben transmitir, unos comerciales alegres donde la vida se muestra tan simple, tan artificial, así como el resto de mortales en la vida real, y yo, un marciano entre los terrestres presiento que su modo de vida es mi espanto y por tanto el motivo de mi exclusión.

Hoy, antes que la noche se enrumbara también fui un mierda, hice llorar a mi madre por algo tan pequeño, insignificante como las hormigas mismas. No entiendo como pasó, pero se dio, no comprendo por qué actué así, a ella, que es quien más en esta vida ha demostrado amarme como nadie, ella que es más que mi madre, mi “mejor amigo”, casi siempre pienso que soy quien mayor dolor le produce, y lo peor de todo es que siempre la termino cagando cuando la intención no era esa.

La madrugada decembrina ya no me envuelve, la sensación se evapora lenta pero persiste en su terquedad de querer quedarse, seguir llenando mis emociones de vacíos bizarros, mas cuánto podría hacer ella si ya he soltado, no se si correctamente o no, lo que tenía atracado en mi ser. No me despido ya, porque las despedidas nunca han sido lo mío, así que estaré aquí todavía por mucho tiempo, no es hora de alzar la mano, hacer una venia y decirles a todos “Von Voyage” o de lo contrario un rotundo “Fuck off”. Pues no, eso no. Tan solo alzo dos de mis dedos, los junto y los muevo hacia delante queriéndoles decir “aún tienen de este outlaw para rato”.

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