Un Balsero en la otra orilla

sábado, 7 de junio de 2008

La muerte siempre ha sido uno de los misterios más grandes de la vida y la existencia humana desde que esta habita la Tierra. Para muchos es un evento de gran tristeza, para otros solo una transición hacia otro estado natural de cosas.

Recuerdo que mi primer recuerdo sobre la muerte la tuve con mi abuelito Francisco alrededor de los cinco años. En ese entonces, como es obvio, no tenía la noción exacta de qué es lo que estaba pasando, pero recuerdo que me sentía muy tiste por ver en ese aparente sueño imperturbable al hombre que en mis primeros años fue como el padre que no he logrado tener.

Cinco años después sufrí la perdida de mi tía Judith. Fue algo con lo que por primera vez experimente. Ya entendía que implicaba la muerte y qué con ello acaecía. Como es típico es las culturas occidentales y pro occidentales, lloré. Recuerdo que fue una de las pocas veces que fue tan profundo mi llanto.

La experiencia de la muerte, su misterio, el hecho de entenderla, temerle y respetarla a la vez nos hace sentir emociones tan diversas entre si.

Los seres humanos, las personas, andamos por la vida conciente de nuestra existencia pero es casi plural que la mayoría obviamos el tema de expirar algún día, aunque por experiencia, costumbre y vivencia sabemos que conforme los días, meses y años transcurren no se vive más (eso es un cuento para escapar del fantasma plomizo de la vida después de la vida material) todo lo contrario, se vive menos, se aproxima el día en que habremos de sucumbir al capricho del orden natural de las cosas terrenas.

Dios, temor y horror por la muerte

En el mundo cristiano occidental la muerte, a pesar de la promesa de la resurrección, es un evento que causa pavor, conmoción, pena y dolor. ¿Por qué, si se promete la gloria de encontrar el reino de Dios? Tal vez porque el fanatismo del cristianismo primitivo se obstruyó con el burocratismo que devino a partir de la Edad Media y a posterior. Tal vez el cristianismo en todo el occidente no ha logrado ser lo suficiente conciente a modo doctrinal para lograr inculcar el valor que la muerte es un proceso natural de la vida humana y no merece temor alguno.

Otra es la historia al otro lado, es decir, en el mundo islámico. No conozco como funciona la identidad en esas sociedades, pero por todos los eventos acaecidos en esa región del mundo me he podido dar cuenta que el Islam representa para sus fieles salvación y advenimiento de la gracia de Dios, y en esa gracia entra a tallar la muerte como un elemento primordial, pues la gloria suprema es estar a la diestra de Dios.

Desde hace algunos años comencé a cuestionar a la religión. Dado mi entorno natural, la cristiana fue la punta de discernimiento y llegué a una idea remota que con el tiempo expandí. Que esta es una religión de dolor. El culto a la muerte es a veces casi mórbido. En ninguna religión (hasta donde tenga entendido) se ha rendido culto a la muerte de su figura deidal y mucho menos a su instrumento de martirio (La cruz). Esta figura del dolor y la subliminación de la muerte se entiende en la época de Cristo donde este movimiento se mostró como una esperanza para lo marginados del mundo romano de entonces, pobres, mujeres, esclavos, que vivían con lo que podía y cuya suerte no era más que la subsistencia o la muerte.

En el mundo moderno y “globalizado” la “promesa” cristiana se queda cada vez más desfasada, sin embargo entre sus grandes legados a las sociedades occidentales se encuentran el mórbido y sacrosanto horror por la muerte, lo cual resulta un contrasentido porque solo se llega a la diestra del padre por medio del sacrificio, el dolor, la agonía y sobre todo, por la muerte. Esto debiera causar regocijo, mas no es así.

¿Qué sigue después del final?

Cuando crío, oía a mi abuela decirme que el día que muera regresaría a jalarme las patas cuando estuviera echado en mi cama disfrutando de un hermoso sueño. Claro, no es que me asustase aquello en esa época pero se suponía que eso era factible si uno se encontraba a Dios o al Diablo tras la muerte ¿no es posible acaso que uno pudiera materializarse en la vida terrena nuevamente?

¿Existe acaso la vida después de la muerte? El cristianismo nos ha enseñado que de acuerdo a como uno actué tras la muerte el gran tribunal de la justicia divina decide, de acuerdo a tus acciones, si irás a parar al paraíso o arrojado a los infiernos junto a Don Sata… Pero ¿realmente sucede esto?

Todas las culturas milenarias creían que tras la muerte existía otra vida. En la milenaria tradición andina no había la noción de un infierno o del cielo. Para los antiguos peruanos cuando el alma perecía, a la cual ellos le llamaban el Camaquem (que era aquél ente que animaba el cuerpo del ser humano), no se iba a ningún lugar supraterrenal, no, se quedaba en la tierra donde, así como en vida, formaban ayllus ya sea en hermosas praderas o en las puntas de los glaciales. Es decir que la existencia continuaba salvo que de forma no material.

La cultura hindú, por su parte cree en la transmutación del espíritu tras la muerte, es decir, que llegada la expiración del cuerpo material su sustancia deja dicho armazón corporal para escoger un nuevo residente y así sucesivamente, desde las formas más primitivas hasta transferirlo de hombre a mujer, mujer a hombre, mujer a mujer u hombre a hombre.

¡Cuidado! Que el cuco viene

Eso en el aspecto espiritual. Pero en el plano supranatural o paranormal. La existencia de fantasmas, de entes antes vivientes que aún merodean con los vivos dejándose ver cuando su inconciente inmaterial así lo requiere.

¿Qué es un fantasma? Es verdad que la creencia en estos se ha visto desmerecida y en lo que lleva la vida moderna quien crea en ellos es visto con un poco de burla y menosprecio intelectual. Muchas sostienen esta incredulidad, desde tipos que dicen no creer en ninguna forma no humana, ateos, pensadores de avanzada, hombres de las izquierdas y sobre todo, científicos dudan de ello, pues requieren de una “prueba” para comprobarlo y si la tienen la rebaten y recontradebaten para luego decir que esto se puede recrear de esta u otra manera.

Otro punto a mencionar son las leyendas populares de muertos que andan buscando algo en la ciudad, mujeres miserables en busca de enmendar su error o pasión llevándose consigo a pobres incautos en la noche.

No pocas son las historias de la tapada, de la llorona que nunca puede hallar la paz al no poder encontrar a sus amados hijos, entre otros. ¿Son estas historias ciertas o forman parte de la cultura popular? Quizás muchas de estas no sean ciertas, pero quizás otras si.

Estas son, a mi modo de ver, cuestiones de fe (no necesariamente de tipo religiosa). La ciencia no puede explicar muchas cosas. El mundo, y esto lo creo, no es solo lo que podemos ver, también lo que podemos percibir e incluso (sin menor importancia) lo que no podemos percibir, y es eso que no podemos percibir lo que no podemos entender. Alguna vez escuché que la sociedad, el avance tecnológico, la vida moderna, la automatización del hombre, su mecanización han provocado que este ser se aleja de las cosas que antes lo mantenían en unión con la naturaleza junto con ese elemento que va más allá de lo racional y cognoscible. A mi me gusta pensar eso pues, al ver el mundo ahora, en verdad los seres humanos nos hemos alejado demasiado de ese elemento natural con el que estábamos hermanados con el mundo natural.

Mortem y Yo

Me es un poco difícil poder razonar sobre el tema y yo. Es porque también, dentro de todo guardo ciertos recelos al vincular la muerte con mi existencia y su término, pero creo que de alguna manera u otra no le tengo el miedo que debería; entiendo y comprendo que esta ha de llegarme pues con el transcurrir del tiempo se hace más visible, presente, no es que lo desee tampoco; sin embargo que cuando me toque el momento haya podido hacer las cosas y planes para mi vida que tanto anhelo.

Supongo que en mi vida, en mi literatura, en mi música, en mi manera de amar, de expresarme, de arrebatarme existe un sentimiento de muerte, una idolatría no de temor, sino de incomprensión por algo desconocido para todos hasta que nos toca.

La muerte es una experiencia innegable, y en ese punto mi ser es proclive a pensar en las formas de mí desaparecer, ¿cómo moriré? ¿Me dolerá? ¿Moriré acompañado o solo? No lo podré contestar hasta que eso pase. Lástima que para entonces no se los pueda comentar

A modo de Obituario

Perder a un familiar siempre es motivo de pena ¿Para quién no? Sin embargo, debería también ser un júbilo, tomar como el ejemplo de nuestros antepasados que dentro del dolor sacaban el lado positivo y hasta festivo de dicha situación.

La muerte es un evento natural e impostergable en la existencia humana y es probable que nunca la lleguemos a comprender. Quizás exista otra vida después de esta, creo que eso tampoco no lo llegaremos a conocer. En todo caso lo que podemos hacer es aceptar culturalmente la muerte como el fin de estado de cosas, desplazar ideas magras sobre esta y darle la importancia poco malévola que tiene ahora.

Al fin y al cabo, polvo eres y en polvo te convertirás……”el balsero espera en la otra orilla listo para recoger los restos fúnebres de la historia humana y entregarlos en mejor recaudo a un ser que no clama por compasión sino por amor a su esencia real que es la muerte”

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