Gris EmotioN

viernes, 28 de marzo de 2008

Ya han pasado muchos días desde la última que recuerdo en Lima. Fue el lunes pasado. Salía de la universidad con dirección a mi casa, en los últimos días el regreso a casa se ha vuelto un camino solitario y algo penos y tedioso de por sí.

La noche limeña en verano, como siempre, estaba húmeda y solo caminar unas cuantas cuadras ya me hacía transpirar. No recuerdo con exactitud qué calle estaba circulando, solo se que esta era paralela a Arnaldo Márquez. De pronto, siento unas pequeñas y menudas gotas caer sobre mi negro cabello, no pensaba posible, aunque ya había sucedido días atrás.

Extendiendo mi mano pude sentir la textura suave y movediza de su estructura. Me hizo recordar a aquellos tiempos cuando era una constante del día a día por un año y medio en mi vida. No pude evitar sentir algo de melancolía, tiempos que no volverán cuando todo parecía hermoso a pesar de la adversidad. Era lluvia. Y eso me traía bellos recuerdos en mi recientemente podrida memoria.

Consigo evocaba un sonido como la lluvia serrana, algo que me desconcertó pero me embargo de mucha jovialidad, aunque estos días no tienen para mí mucha felicidad sentimental, la imagen de cuando el torrente aguacero cae con fuerza y golpea sobre los techos de calaminas formando cauces sobre las pistas obligando a las personas a moverse con prisa o detenerse esperando que todo esto pase. Se volvió así esta Lima, la gente buscando el refugio adecuado en alguna tiendecilla, o sobre un techo largo que pudiera cubrirlos de esas gotas menudas pero potentes que amenazaban con empapar todo cuanto vieran al paso.

Siempre he escuchado que la lluvia te pone triste y el sol brinda alegría. Conmigo no se da el caso. Detesto el verano, si este se pudiera abolir, en verdad lo haría, pero supongo que lo necesito por fisiología. No me produce este alegría ni relax, todo lo contrario, me sofoca y me perturba los sentidos.

En cambio la lluvia, combinada con el invierno son de esas cosas milagrosas que llegan con todo su ímpetu para abrazarme con su bello y frío color a palidez celestial. Es una experiencia tremenda oler la tierra mojada después de la caída del aguacero. No entiendo que efecto tiene sobre mis sentidos, pero los estimula y me hace sensible, meditar y dejarme llevar por ese sonido intenso que penetra y absorbe toda voz, todo ruido, toda conversación. El cielo muestra su fuerza y su hermosura.

Las garúas y en especial las lluvias son poco frecuentes en Lima, pero resulta un bonito evento que de cuando en cuando las nubes confabulen contra esta ciudad y decidan empaparla con un poco de frescura en un orbe donde lo que falta es más intimidad y más unión.

Las personas siempre andan por su lado y no se miran, como indiferentes, cada quien vive su vida sin importar que pase con el que viene al lado siquiera. No quiero ser idealista, pero esa vez, cuando cayó la lluvia creí por un momento que todo podría ser diferente, si nosotros así lo quisiéramos…

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