La Idiosincrasia del “Mal Menor”

martes, 29 de junio de 2010



¿Desde cuando, desde qué años los peruanos no van a las urnas para dar su voto a un candidato para el que muchas veces se considera el peor de todos, al que muchos juegan un yan-ken-po mental para decidirse por una u otra opción que sienten no es la más óptima, pero, dadas las condiciones, es lo que queda por elegir?

Bajo esta premisa, los peruanos resultan los más el viejo dicho “Más vale ladrón conocido que ladrón por conocer”. A primera vista parece algo bastante risible, y lo es, pero demuestra la idiosincrasia política y social que el ciudadano de a pie tiene respecto a la representatividad por parte de sus autoridades, la desconfianza y apatía en relación a este tema.

Las nuevas generaciones, como he escrito en post anteriores, adolecen de una falta de compromiso e interés por los sucesos de su sociedad, adoleciendo de la más grande apatía y desidia. Ya saben lo que viene, sociedad consumista, valores alienados, preocupaciones banales.

Sin embargo, hay otro punto que podemos agregar a estos factores generales: la falta de representatividad, la orfandad respecto a “en quién se puede creer” con una clase política desprestigiada, partidos políticos que están copados de una gerontocracia que no renueva rostros, ni tampoco cuenta con cuadros de jóvenes activos. Y esto, creo, no pasa únicamente en el Perú.

Síntomas

El caso peruano tiene todo esto, pero tiene otras particularidades que derivaron en lo que llamo la “Idiosincrasia del Mal Menor”.

La primera de ellas fue la aparición de los grupos subversivos a principios y mediados de los 80 como Sendero Luminoso y el MRTA respectivamente, quienes por más de quince años desataron una guerra genocida con una respuesta de similar magnitud por parte de las fuerzas de seguridad del Estado.

El segundo factor interno fue la hiperinflación y la estatización de la Banca durante el primer gobierno de Alan García.

La tercera es ascensión al poder de Alberto Fujimori producto del desprestigio de la clase política tradicional y la aparición de los actuales actores políticos.

La consecuencia del primero y el segundo caso fue que la gente llegó a la nueva década cansada de la subversión, con una idea que la clase dirigente no era capaz de inmovilizar a los subversivos, que no había un “mea culpa” al respecto; sumado a ello las penuria de la vida diaria cuando el dinero abundaba pero todo costaba tanto que hacía falta miles de soles para comprar un kilo de arroz o una bolsa de pan.

Deméritos políticos

Todo esto llevó a un hartazgo social que desembocó en la radicalización de la sociedad respecto a las personas que las representan. En ese sentido, Fujimori, un tipo desconocido, sin un background político, sin un antecedente partidario, un tipo normal, un “profe” que se mostraba como un civil lejos de esa aristocracia política decidido a hacer el trabajo que otros no tuvieron las ganas de hacer.

Una vez que la intensidad terrorista bajara exponencialmente, la sociedad peruana estaba lista para entrar al olvido, al anquilosamiento político, a la inmersión dentro de los problemas cotidianos, mientras la nueva clase política, tristes reflejos de personajes como Fujimori o Ricardo Belmont saltaban a la palestra con más cháchara que propuestas. En tal, fue una consecuencia lógica que terminado el Fujimorato y bloqueado el desarrollo de los antiguos partidos de masas con base ideológica, el escenario político se hallara tan huérfano como la población terminado el gobierno del APRA a finales de los 80.

Esto provocó que las opciones políticas, iniciado el nuevo milenio, más que propuestas se vuelvan modas de campañas y elecciones, cogiéndose de algunas heridas abiertas en ciertos sectores, de algunos miedos, de alguna cara sonriente y carismática que, una vez terminado los comicios pierden presencia, impacto y demuestran que tan solo fueron agrupaciones efímeras, sin base alguna, sin planteamientos serios, sin trabajo que las consolide.

¿Yan-ken-Po?

Eso tiene que ver mucho con la Idiosincrasia del Mal Menor y esta no refleja en otro lado que en las elecciones.

Todos los peruanos sienten que no están representados. Aquí dos ejemplos, muy frescos aún en la memoria colectiva.

Elecciones presidenciales 2001. Llegan a la segunda vuelta Alan García por al APRA y Alejandro Toledo por Perú Posible. Si bien Toledo se hizo con un nombre tras la marcha de los Cuatro Suyos, su estela se había apagado notablemente tras ello y tras superar a Lourdes Flores en las preferencias, un gran número de electores prefirieron votar por este personajillo que por García, pues todos temían que, una vez más, nos llenara de colas y precios disparados por todos lados. Al final Toledo ganó, y gobernó medianamente “bien”.

Elecciones presidenciales 2006. A segunda vuelta llegan nuevamente, Alan García por el APRA y Ollanta Humala por el Partido Nacionalista. Los medios se había encargado de hacer un carga montón contra este ex comandante, acusándolo de tener vínculos con Hugo Chávez, que llevaría al país a la ruina. El pánico crispó a toda la población que preferían a un García a quien ya conocían (y al que la gran mayoría no terminaba de aceptar) que al vapuleado Humala. El resultado, pues que García el próximo año termina su mandato.

El panorama para las próximas elecciones no es muy diferente. Basta hacer unas cuantas preguntas a cualquier persona, sin importar edad para darse cuenta que no encuentran en los hasta ahora probables candidatos alguien que los pueda representar, y me atrevo a decir que sucederá que en las dos últimas elecciones pasadas.

Un atisbo general

¿Qué se puede hacer para contrarrestar esto? Creo que dos o tres cosas.

La clase política debe re inventarse desde dentro, permitir y dar cabida a la formación de nuevos cuadros, jóvenes en su mayoría, así como la formación de nuevas agrupaciones que vayan mucho más allá de los planteamientos y debates típicos, los mismo que logren tocar en las inquietudes no de la gente adulta, sino de los jóvenes. Solo así podremos esperar procesos electorales de calidad con opciones diversas, variadas pero a la vez con seriedad y con una amplia visión, representada por personas que lo ameriten.

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